Colaboración: “In the name of rock n' roll”: Despedida a Mötley Crüe.


Por: Ramón Sandoval

Ya en la Arena Ciudad de México: El entremés de la velada fueron las chelitas con Luis Pedro, uno de los fans más fans que conozco de Mötley Crüe; y segundos antes de iniciado el show –haciendo gala del instinto mexicano–, Mike y un servidor se lograron instalar en una parte más baja a la zona donde nos tocaba. Buena ubicación, cervecita fría en el infaltable vaso conmemorativo (a base de hielos, como en transporte de transplante), harta emoción y vecinos conectados con la banda. Todo OK.

Aunque la mercancía oficial era un poco “conservadora”, con una playera con la imagen de la gira y otra con un escudo similar al de Harley Davidson (con el nombre de la banda en su lugar), los pasillos eran una pasarela de bellezas –tanto en el atractivo visual femenino, como en los diseños–. Una pieza que llamó especialmente mi atención fue el jersey negro de hockey que en el frente trae la mención de la banda y en la espalda un número 81 en rojo (referencia al año en que el Diablo nos trajo a los Crüe).

Desde los accesos a gradas podía apreciarse la impresionante estructura del escenario, con un espectacular juego de rieles que no le pedía nada a las montañas rusas de Six Flags. Éste salía del fondo (donde estaba la batería) y cruzaba la pista hasta conectar con la parte posterior, anunciando que además de apoyar al sistema de iluminación, en algún momento del setlist se convertiría en una extensión del escenario (todos sabemos para quién).

La primera gran sorpresa de la noche fue el tema abridor. Porque bien podría haberme imaginado que el “carnaval” arrancara con “Kickstart my heart” (como la primera vez que los vi) o ese himno al desenfreno llamado “Wild Side” (como la segunda), pero definitivamente mi mente nunca esperó –y me alegra que así fuera– que “Girls, Girls, Girls” lo hiciera. Ese noble cántico a la belleza femenina, que despierta el instinto sensual en cada chica que lo escucha:
Long legs and burgundy lips
Girls, Girls, Girls
Dancin' down on Sunset Strip
Girls, Girls, Girls
Red lips, fingertips
”.

Sin mucho preámbulo –sólo luces apagadas y gritos de los fans–, los Crüe comenzaron su festival de hard rock que ya lleva casi cuatro décadas encendiendo los escenarios, mientras dos esculturales bailarinas se movían al ritmo de esos acordes irresistibles y la gente coreaba las palabras mágicas.

Y justamente el himno al desenfreno fue lo que, en la infinita benevolencia del Dios del Rock, le siguió. Cabe mencionar que las luces –columnas sutiles al principio, y mantos vibrantes conforme avanzaba el show– eran uno de los aspectos más vistosos: por momentos se mecían de lado a lado, alcanzando apenas un par de metros de altura; y en otras (como el fragmento de “Wild Side” donde suenan las sirenas), inundaban el escenario; a veces caóticas, a veces con cada color agrupado en perfecta sincronía.

Daba gusto ver que en la fila de adelante había un grupo de morros que, acompañados por su jefe y hermanito menor, chelaban y cheleaban, y coreaban y coreaban. Y con ese clásico del hard rock, los Crüe dejaran en claro por qué estábamos ahí esa noche: para honrar el espíritu del rock, para quedarnos con el recuerdo de una banda legendaria que a lo largo de 34 años sólo quiso –y siempre nos invitó a– divertirse.

Aunque claramente Vince Neil es el presentador del circo y Mr. Lee es el frontman honorario, Nikki Sixx tampoco dejó pasar la oportunidad de robarse (voluntariamente) las almas de los presentes. Levantaba los brazos, compartía palabras con la audiencia, les gritaba para que se hicieran escuchar. Como en “Primal Scream”, donde el instinto salvaje se hizo presente en los cantos de un servidor y en un fondo verde proyectado sobre formas geométricas que generaban efectos visuales de movimiento y contraste (tal cual, la piel de un reptil primitivo).

Las Crüe Girls son otro aspecto que revelaba por qué en la Santísima Trinidad “Sex Drugs & Rock n' Roll” van de la mano. Dos mujeres –rubia y castaña–, claramente formadas en el arte sagrado de Las Vegas, deleitaban las miradas de los asistentes; a veces bailaban en perfecta sincronía sobre el escenario, otras lo hacían colgando del techo, y algunas más con coros a Mr. Neil. Lo cual tenía sentido porque yo creo que todos entendíamos que a él, en especial, le debíamos un “gracias” a todo pulmón; la gente coreaba y cuando uno volteaba–arriesgándose a perder por unos segundos el hipnotizante aquelarre–, dejaban ver una arena llena... de gente, rock y buena vibra.

Same Ol' Situation” es una frase que también aplicaría perfecto para describir el momento en que ese tema se hizo presente. Una vez más, una multitud enloquecida, chicas guapas por todos lados, playeras y looks increíbles (sacados de un video de glam), el grito tribal de “Crüe, Crüe, Crüe”. Una vez más, la misma situación –y Don Pachangas tuvo razón: en algún momento de la rola, los 3 se alinearon y aventaron el típico solo de lado a lado sincronizados–. Un buen show nunca es casualidad. Profesionales del espectáculo, que llevan décadas planeando esta gira.


Foto: Kayito Crüe

Siempre que escucho “Don't Go Away Mad” recuerdo mi infancia, el “Red White & Crüe”, los helados de yogurt y las maquinitas de Diversiones Moi. Y lo mismo con “Smoking'”. Son rolas que me remiten a una época en la que –como en los 80– la gente sólo quería divertirse. Sin pretensiones, porque eso es Mötley: una burla a la crítica, un recordatorio a cada estrofa y riff de que elrock es, por sobre todas las cosas, un tema de actitud. Y con “Just go away”, así como nos enseñaron de la seducción, también nos dieron el tip de las despedidas, jeje.

Después vendría un break, seguido por un cover de Brownsville Station que seguramente muchos hemos oído (aunque debo confesar que hasta ese día yo no conocía el título). Qué cingón que los Crüe hayan aprovechado la gira para agradecerle a sus fans, pero también a sus maestros.

Looks that Kill” fue el tema siguiente, como un homenaje a las chicas que han hecho –con su estilo y sensualidad– de Mötley una bandota, cuyos conciertos siempre dejaron a todos visualmente contentos. Un micrófono –rodeado por lo que parecía un “atrapasueños”– bajaba colgando de un cable, para temas después subir, encendido como Ave Fénix. Como Mötley hizo tantas veces.

Motherfucker of the Year” bien podría estar dedicada a muchos políticos de hoy, pero esta noche aplicó mejor para todos los que pudimos unirnos a la celebración de los californianos. Si alguna vez tienen un día de mierda, un jefe pendejo, o simplemente quieren mandar a la chingada al mundo, esta canción es un soundtrack perfecto.

Otra –si no es que la mayor– sorpresa fue escuchar “Anarchy in the U.K.”. Quienes me conocen saben de mi devoción por el “Nevermid the Bollocks” que, en palabras de la Rolling Stone, “hizo que Inglaterra se arrodillase”. La única producción de los Pistols, porque no necesitaban más para subir al pedestal del rock.

Cuando mi amigo Mike me preguntó por qué tocaban una canción ajena, sólo atiné a decirle que era “porque esa rola les gusta” –como a todos, supongo–. Un par de estrofas más tarde, por fin entendía y nos respondía a ambos: porque este tema es, en realidad un himno; más grande que Mötley, tan grande como el punk mismo, su más fiel interpretación (y manifestación). Y por un momento los Crüe dejaron a un lado su propia gloria, para rendirle homenaje a algo aún mayor.

¿Despuésde la anarquía, qué podría seguir? “Shout at the Devil”,mientras un pentagrama gigante de fuego cobraba vida en el escenario. Ahí entendí que mi amigo Ewok no se perdió el concierto por casualidad, miedo o “por chamba” (como él asegura), sino por misericordia divina.

Con ese pentagrama ardiendo en el escenario, el “esto ya valió verga” de Mike parecía un comentario más que atinado. Yo sólo pude voltear a verlo, reír y advertirle / concientizarlo sobre la realidad de que “valió verga desde la primera rola... de hecho, desde que compraste tu boleto”. Bien dice Luis Pedro: “En realidad, esta no es la última vez que los veremos. Nos va a tocar otra vez, pero en el Infierno”.

El solo de Mick Mars fue trámite –mis amigos y yo coincidimos en que él es un muerto viviente desde el '81–, pero el de Tommy Lee sí fue una mamadota. Ese cabrón sí sabe cómo re-encender a la gente, tocando un collage que pasaba por el electrónico, el pop, casi casi hasta reguetón; pero súper prendido, recorriendo el escenario sobre los rieles, llegando hasta las gradas y agradeciendo en español a la banda. Mis respetos para ese Lord, quien claramente es uno de los que más disfrutan el regalo divino que les fue –corrijo, nos fue–entregado.


Eduardo Covarrubias García

Saints of Los Angeles” merece una mención especial. La primera vez que vi a Mötley fue en la gira de ese discazo y desde el primer momento quedé fascinado por la letra, blasfema y magnética al mismo tiempo. ¡Cómo no venderles las almas a esos cuatro cabrones! “Just wait until we're goin' down in flames”. Y si hay un pecado qué confesar, es únicamente el amor al rock... bueno, eso y el amor al desmadre porque en ese momento sólo éramos una multitud rindiendo alabanzas al Dios del Rock, con la misma devoción y fe que nuestras jefas y tías demuestran cada domingo. Puede que hasta más.

Luego vino otro break, esta vez ambientado ni más ni menos que por el célebre fragmento de “Carmina Burana”, y el cual dio a algunos chance de ir al baño, a otros de recargar energía, y a otros más –como en mi caso– de medio agarrar el pedo y tratar de asimilar tanto poder. Otro homenaje de los Crüe hacia los grandes, aunque de otra época... clásicos, como ellos serán vistos algún día.

Y hablando de clásicos, no podía faltar “Live Wire” con todo y el golpe de las baquetas en la campana, en la breve pausa al final de la rola.

Seguiría el amigo de todos, “Dr. Feelgood” mientras Lord Neil preguntaba “How many of you feel good tonight?” y uno pensaba: por qué contestar, si puedes gritar.

Perodebo confesar que desde que vi ese grandísimo comercial de Kia, –sumado a que fue la primera rola que les escuché en vivo– “Kickstart My Heart” es probablemente mi gran favorita de los Crüe. “Wow! Yeah! Babe!” Los autos son su droga, su música la nuestra: “When we started this band, all we needed needed was a laugh. Years gone by I'd say we've kicked some ass”. Y miles de almas “looking for another good time”. Gracias, Mötley.

Después vendría el momento en que dos de las estructuras de iluminación –que se asomaban del techo al escenario, por los costados– se pusieron en movimiento, acercándose para que Vince y Nikki subieran en cada una, que los llevaría alrededor de las gradas. Por los aires, como los Saints of L.A. que son.


Foto: Andrea Giselle Rubio

El encore vendría con “Home Sweet Home”. Esta vez, con la entrada de la banda por la parte posterior de la Arena, apenas separados por una pequeña valla de sus fans –que ahora corrían desde el frente hasta la salida–. Los Crüe subieron a una pequeña plataforma levadiza, entre iluminación en tonos azules y acompañadopor imágenes de la historia en la que miles nos sentimos parte: boletos y posters de sus primeros toquines, fragmentos de sus videos “glam” ochenteros, filmaciones a bordo de sus primeros autobuses y al final, una imagen imponente en tonos claros súper cool con la banda en un look guerrero: Tommy escondiendo la cabeza, pero con la mitad del pecho descubierto y presumiendo sus tatuajes; Mick Mars apuntando con su bastón hacia la cámara, como sentenciando al público.

El Marciano lo describió como el momento en que “se te encogía unpoquito el corazón” y Juan Pablo –que aunque joven, claramente es sabio y cuenta con la bendición del Dios del Rock– sólo asentía con la cabeza. ¿Qué más se puede decir de algo así?

Me atrevo a decir que, a nivel visual (escenografía, pirotecnia, iluminación), la calidad del espectáculo estuvo a la altura de giras como Black Ice de AC/DC –y quienes lo vieron saben de qué nivel hablamos–, o de KISS.

La gran mayoría de las despedidas son tristes. Ésta no. Fue un festival de rock n' roll, desfachatez, glamour sonorovisual; una caravana de recuerdos en los que, más allá de las muchas cosas que Mötley Crüe nos ha hecho vivir, nos hizo recordar por qué amamos el rock: libertad y libertinaje, alegría y melancolía, unión e individualidad... por el eterno –e inevitable– romance entre lo “bueno” y lo “malo”. Fue, a fin de cuentas una vuelta al pasado y a lo mejor de éste.

Muchas bandas llegarán, Mötley nunca se irá (al menos, no de nuestros corazones) pero el show debe continuar...


Foto: Axel Robles


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